10. Estrategias innovadoras para gestionar fuentes y colecciones híbridas.

La mayor parte de la información que puedan usar los usuarios de una biblioteca estará en soporte digital. Pero deberemos continuar prestando servicio a los usuarios que prefieran información en papel o para aquella parte de la información que aún no haya sido transformada a soporte digital. Esto creará nuevas necesidades con respecto a la compra (más compras agregadas o consorciadas) y con respecto a los usuarios (necesidad de tener sistemas de autenticación de usuarios).

En palabras de las Pautas sobre los servicios de las Bibliotecas Públicas, válidas para todas las tipologías, “La biblioteca pública debe proporcionar acceso a la serie de recursos de información capaces de satisfacer las necesidades y demandas de los ciudadanos en lo relativo a la  información, la cultura, al ocio, la formación, así como en lo que atañe a la toma de decisiones”.  Por ello, los bibliotecarios deben continuar haciendo esfuerzos para desempeñar eficazmente su papel de formadores, mediadores,  dinamizadores de información, así como dotar a sus centros de medios que permitan el acceso a todas las manifestaciones del conocimiento, desde las más tradicionales hasta las más innovadoras.

Las bibliotecas centrarán su función en la selección y distribución de contenidos en función de las demandas de sus usuarios.  La colección de una biblioteca deberá dar cobertura a todas y cada una de las áreas temáticas de la misma (universales, en su caso), y a los diversos intereses de los lectores que conforman la comunidad de usuarios.

Aún siendo muy optimistas en relación con la lectura electrónica, todo parece indicar que la lectura de consumo se va a ir definiendo por el formato digital, pero que seguirá habiendo un pequeño porcentaje de textos que se seguirán editando en papel. Las bibliotecas públicas y escolares deberán tener presente su función educativa y de compensación social y acoger en sus colecciones aquellas obras de ficción que se editen en formato impreso por sus características o su calidad. El alumnado más desfavorecido o más alejado de los centros de distribución (zonas rurales, barrios de las grandes ciudades), no tendrá acceso a esas ediciones a no ser que las pueda encontrar en su biblioteca.

Las colectividades serán cada vez más plurales y complejas en su diversidad. La riqueza que aporta el mestizaje de lenguas y culturas será una oportunidad para las bibliotecas, que incorporará textos en los distintos idiomas presentes en la comunidad. De esta forma, la biblioteca podrá ser un espacio acogedor, integrador y de apoyo a la multiculturalidad.  En el caso de las bibliotecas escolares, responderán fundamentalmente al proyecto lingüístico del centro, pero sin olvidar las lenguas del alumnado inmigrante

También en estas bibliotecas, el lenguaje de los videojuegos parece imponerse en los materiales didácticos[1] y las colecciones de ficción incorporarán estos lenguajes a sus textos de narrativa transmedia. Las bibliotecas ofrecerán selecciones de juegos de calidad adaptados a los intereses del alumnado y público  infantil, y a los contenidos de los programas del centro.

Ante la ingente cantidad de recursos digitales disponibles a través de la red, las bibliotecas tendrán como responsabilidad seleccionar contenidos en función de su calidad (rigor, veracidad, riqueza, accesibilidad…), y también de su  actualidad, variedad, diversidad, pluralidad y pertinencia. Pueden plantearse ofrecer estos contenidos a través de repositorios o directorios ordenados y etiquetados de forma semántica y accesible.

En un contexto restrictivo económicamente, se produce la explosión del libro electrónico y se observa la necesidad de incorporarlo como un recurso más y no solamente como un soporte. Cuestiones como el estudio de compra de licencias compartidas, los límites de uso, la compatibilidad de soportes y los contenidos proporcionados por los diferentes proveedores se ponen sobre la mesa, muchos de ellos aún sin resolver.

Las bibliotecas y administraciones responsables deberán proveer la fórmula más adecuada para suministrar contenidos digitales a sus bibliotecas, o facilitar el acceso de estos a las plataformas de préstamo digital, con el fin de abaratar costes.  En todo caso, deberá salvaguardarse el derecho de cada centro a seleccionar sus propios títulos dentro de un catálogo amplio que contemple los distintos campos del saber, una gran variedad de recursos, las distintas lenguas oficiales del Estado y una amplia pluralidad en los contenidos, con el fin de ofrecer a su comunidad educativa una colección adaptada a sus necesidades e intereses.

La biblioteca buscará distintas formas de adquisición/suscripción/licencia para los recursos electrónicos. Los servicios que la biblioteca proporciona serán compatibles en todos los dispositivos y formatos, constituyendo éste un objetivo primordial. La biblioteca que se lo pueda permitir, básicamente universitaria, podrá tener sus propias aplicaciones, creadas por unidades tecnológicas de la universidad (laboratorios de experimentación con participación de alumnos) y realizará una apuesta decidida por la movilidad.

Propiedad intelectual y Open Access

La existencia de estas colecciones digitales, propias o licenciadas, hace que la gestión de los derechos de propiedad y del acceso a la información será un tema clave. Las bibliotecas jugarán dos papeles: el de asesorar al público sobre los derechos de un documento dado y el de garantizar a las empresas comerciales y a los autores un uso de la información de acuerdo con las licencias de acceso.

La biblioteca ha de distribuir y proporcionar contenidos no sólo a través de licencias de uso sino mediante la generación de recursos propios, viéndose necesaria una apuesta decidida por los recursos abiertos, por la sostenibilidad en las alianzas emprendidas con las editoriales.

Según Javier Celaya, las bibliotecas deberían apostar por convertirse en lugares de creación colectiva a través de la incorporación de plataformas tecnológicas que les permitan a los usuarios crear todo tipo de contenidos culturales para compartirlos con otros usuarios.  Adaptando sus productos a las necesidades de los usuarios ya sea a través de páginas web informativas, de colecciones digitalizadas, apostar por sistemas de recomendación, etc..

Los bibliotecarios son conocedores de cuestiones relativas a licencias, acceso, uso ético de la información y propiedad intelectual. La explosión de internet por un lado, de contenidos reutilizados de forma no siempre legal, plantea una cierta cultura del todo vale que ha de erradicarse mediante la educación y el conocimiento.

Por otro lado, la biblioteca universitaria se ha convertido en una de las principales gestoras y promotoras de contenidos en Open Access (OA). La proliferación de repositorios institucionales en España, el apoyo de la Comisión Europea al mismo mediante el establecimiento de la obligatoriedad de depósito para la investigación financiada con fondos públicos (programa Horizon) hacen de la gestión de metadatos y de la información a los investigadores sobre OA uno de los principales campos de actuación; sin olvidar el asesoramiento en la creación de revistas de acceso abierto o apoyo a la vía dorada.

Independientemente de ello, la biblioteca sigue siendo la gestora fundamental de los contenidos suministrados por plataformas editoriales. Las restricciones de uso de los materiales suscritos por las  universidades así como las duras condiciones en las que se produce el proceso de comunicación científica (peer-review, retrasos en las publicaciones. etc.) llevaron en el pasado año a conocidos boicots a gigantes del sector editorial y a un revivir del movimiento OA en la que fue llamada primavera académica. Así y todo, una de las grandes dudas que plantea el futuro y sobre las que planea la resistencia de los investigadores, es a la valoración real de las publicaciones en abierto en el campo de la evaluación y acreditación por parte de las agencias evaluadoras pertinentes, nacionales y autonómicas. La biblioteca universitaria, creemos, debería encabezar esa reivindicación justa de una valoración de publicaciones realista, basada en la calidad de los contenidos y menos tiranizada por índices de impacto, de sesgo anglosajón y peligrosamente virados hacia el sector biomédico y tecnológico, desestimando a las humanidades. La declaración DORA[2], suscrita por los principales agentes editoriales, supone, en este sentido, una gran esperanza para un nuevo modo de evaluación de la producción científica.

Quedan algunos frentes abiertos como el papel que la biblioteca ha de desempeñar ante entidades de gestión de derechos sobre los usos posibles de contenidos licenciados en, por ejemplo, plataformas de e-learning. En él, la biblioteca académica ha de aprovechar una oportunidad única para situarse como aliada del profesorado. No se trata solamente de garantizar la existencia y el acceso a las fuentes de información, de ser meros abastecedores. Los bibliotecarios en las universidades han de convertirse, del mismo modo que los alumnos en este nuevo contexto, en creadores de contenidos. La biblioteca universitaria participativa se perfila como el de una aportadora de contenidos de valor añadido y distribuido a los alumnos.

Hasta ahora, en su papel más tradicional, las bibliotecas universitarias han sido meras facilitadoras de materiales previamente creados, sobre los que no tenían control ni autoría. Un trabajo codo con codo con los profesores puede enriquecer los contenidos derivados, al ofrecer asesorar sobre aspectos más familiares de los profesionales de la información como son la búsqueda y recuperación de la misma, la existencia en el mercado o no de determinados contenidos y, sobre todo, el uso ético de los mismos.  Se trataría, por lo tanto de establecer una red de trabajo entre todos los profesionales de la universidad.

En el pasado más reciente, familiarizados ya con los campus virtuales y sus interfaces, surge el fenómeno de los MOOC. Existe la posibilidad de acceder a cursos online gratuitos, de temática diversa, procedentes de prestigiosas universidades de todo el mundo e impartidos por profesionales de reconocida trayectoria Esto mueve a reflexión sobre el papel que desarrollarán los bibliotecarios académicos en este contexto. La base de los MOOC es aprovechar los contenidos para redistribuirlos y ahí está la gran baza de la biblioteca universitaria.

Conocedores de fuentes y recursos, habituados a trabajar con licencias y portales de acceso a la información y, sobre todo, formadores en el uso de la misma, los bibliotecarios de la universidad han de conocer los retos y oportunidades que ofrece este modo de formación para incorporarse al mismo y dejar de ser, única y exclusivamente, suministradores de contenidos de valor añadido a los alumnos de las versiones premium o de pago por certificación. También han de actuar como observadores críticos de esta nueva forma de enseñanza y aprendizaje.

En los últimos tiempos han surgido voces que se preguntan quién si las intenciones en el desarrollo de una enseñanza alternativa a la presencial o tradicional, por llamarla así, van en la línea de eliminar el papel de la universidad como canalizadora, creadora y gestora de contenidos educativos y, por ende, el papel de la biblioteca universitaria en este contexto. Destacamos, por lo tanto, la necesidad de reivindicar la garantía de calidad y coherencia educativa, de la biblioteca como organismo presente y colaborador de una universidad en cambio.

Responder al reto de la reutilización de la información

Se debe abordar la reutilización de la información generada por la biblioteca desde una perspectiva múltiple. Desde que se publicara la Directiva Europea sobre Reutilización de la Información del Sector Público (Directive 2003/98/EC on re-use of public sector information)[3] el debate no ha hecho sino comenzar. Actualmente nos encontramos inmersos en un proceso de revisión de dicha directiva[4] y habrá que estar atentos a las obligaciones y posibilidades que se abren con las directivas y normativas nacionales a este respecto. Esta información tiene un sentido muy amplio y puede llegar a abarcar los contenidos digitales que se recogen en nuestras bibliotecas digitales.

Está claro que la reutilización será una realidad a corto, medio plazo; y muy posiblemente obligue a poner en marcha mecanismos que la faciliten; lo que puede implicar cambios organizativos y/o incluso puesta a punto de infraestructuras técnicas.

En cuanto al debate al  que pueden dar lugar, y en función de las directrices políticas internacionales, nacionales e incluso institucionales, cada organización tendrá que analizar la posibilidad de ver su información como motor generador de recursos, sin olvidar nunca su función y vocación de servicio público.

Como factor que contribuye a la generación del debate ocupan un lugar claro la legislación en torno a la propiedad intelectual. A este respecto, las derivaciones y cuestiones que se plantean todavía son preguntas sin respuesta: ¿tenemos derechos sobre las imágenes digitales de obras en dominio público? Si existen ¿en qué se fundamentan y hasta cuándo podemos reclamar un ROI sobre ellos?. Además, en la misma línea sigue abierta la cuestión sobre obras huérfanas, un nicho más que significativo en nuestros fondos y cuya digitalización y reutilización está pendiente de la transposición de la directiva correspondiente,[5] y desarrollo de legislación y reglamentaciones posteriores.

Preservación digital

Lo digital lejos de suponer un ahorro implica incluso la asunción de nuevas responsabilidades para las que se precisan recursos estables y sostenibles a largo plazo. Todas esas responsabilidades podrían sintetizarse en el concepto de Preservación Digital; un concepto muy matizable ya que debe aplicarse a objetos de origen y naturaleza heterogénea y que precisan flujos de trabajo y herramientas diferentes. Estamos hablando tanto de lo convertido a digital (desde el mapa escaneado al CD digitalizado), como de lo nacido digital (OPAC, archivo web, servicios en línea, correo electrónico, software…).

Las soluciones que abordan un conjunto tan heterogéneo deberían apoyarse, en principio en tres pilares fundamentales:

  •  proyecto de gestión documental, clave para optimizar y salvaguardar la documentación que es reflejo de la actividad y existencia de una institución
  •  proyecto de preservación digital en el ámbito de proyectos de digitalización
  •  proyecto de archivo web como motor para la creación de la colección de depósito legal electrónico

Esta asunción de responsabilidades, además, no sólo implica esfuerzos de planificación y gestión de recursos económicos y materiales; sino que están muy imbricados en el siguiente reto: la gestión del cambio.  Un cambio que afectará a todos los niveles de nuestro personal, empezando por ser capaces de transmitir el valor incalculable (e inevitable) que tiene incorporar la preservación digital entre las misiones de nuestras bibliotecas. Si no se asume como un gasto estructural más, y una obligación que podríamos incluso calificar de moral, no tendrá sentido seguir avanzando en proyectos digitales que en espacios muy cortos de tiempo están condenados a desaparecer[6]. Las responsabilidades suponen un reto de tal envergadura que sólo podrán ser abarcable si asumimos y somos conscientes de otro reto pendiente: la mejora de la coordinación mediante la creación de planes nacionales y autonómicos de digitalización y preservación digital.

Relacionada directamente con el patrimonio digital, viene la ruptura del concepto de biblioteca de último recurso. La dimensión digital de bibliotecas nacionales y regionales supone una declaración de intenciones implícita en la que el acceso universal al patrimonio se convierte en prioritario. Con las bibliotecas digitales esta tipología bibliotecaria abandona el concepto de bibliotecas de último recurso para ser referencia imprescindible dada la riqueza y exhaustividad del patrimonio que pueden ofrecer en línea.

Big Data

Se suma, además, una actividad nueva que se debería abordar desde las bibliotecas de investigación: aplicar la capacidad de innovación para participar en la creación de nuevos servicios relacionados con el análisis inteligente de series masivas de datos procedentes de sensores y procesos automatizados: los big data.

Las bibliotecas son pioneras en el Big Data. Tienen 40 años de experiencia compartiendo grandes volúmenes de datos provenientes de los catálogos, destinados a la cooperación gracias a la normalización de formatos y el establecimiento de redes. En la actualidad el desafío es controlar cantidades muy superiores de datos, producidos por una multiplicidad de fuentes, y el establecimiento de sistemas de archivo y localización de la información, aspecto en el que las bibliotecas se deben integrar en una tendencia mucho más generalizada, que incluye Open Data y Open Gov (datos abiertos dentro de las administraciones).

Particularmente, en las bibliotecas universitarias la adopción de las adecuadas políticas de metadatos y datos enlazados es la base para producir registros intercambiables que van más allá de la catalogación de libros. Observar, conocer y estudiar las políticas nacionales e internacionales a tal efecto y emprenderlas es uno de los objetivos fundamentales de lo que conoceremos como proceso técnico en el siglo XXI. La participación en proyectos como Hispana y Europeana viene de la mano de la adopción de directrices encaminadas al intercambio de datos.

En una época en la que las redes sociales y el Internet de las cosas está dando lugar a cantidades ingentes de información (big data), las bibliotecas patrimoniales deben centrar sus esfuerzos por seguir generando conocimiento sobre el patrimonio que albergan mediante la selección, clasificación, contextualización de contenidos digitales, así como la incorporación de nuevas tecnologías. En especial, la aplicación de tecnologías semánticas que ayuden al usuario a crear conexiones y orientarse dentro de todos los recursos que la red ofrece.

Esta tarea está en línea con el espíritu de todas las instituciones culturales, no sólo de las bibliotecas regionales y nacionales. Supone adoptar proactivamente el perfil híbrido que hoy día se le atribuye al profesional de la documentación, asumiendo el reto desde una doble perspectiva. Por un lado, nuestro personal debe aprovechar el conocimiento que tiene sobre nuestros fondos, apoyándose en el contacto con las redes de investigación a las que se tiene acceso y con las que debe reforzarse la colaboración. Por otro lado, este personal debe mantener una actualización continua en lo que a conocimientos en nuevas tecnologías se refiere. Sólo gracias a ellas se verá facilitada la creación de productos y servicios que sirvan de canal de transferencia de conocimiento a las distintas comunidades de usuarios. En este sentido son herramientas fundamentales las técnicas de análisis de datos, la tecnología semántica y la iniciativa de linked open data.

Es esencial tomar conciencia de que en las nuevas tecnologías no bastará con establecer alianzas externas con socios que conozcan de primera mano el aspecto técnico de estos temas; sino que cada vez más deberemos adquirir conocimientos básicos que nos permita optimizar colaboraciones y garantizar la vanguardia de nuestros contenidos.

[1] Informe Horizon: Research and innovation: Horizon 2020 http://ec.europa.eu/research/horizon2020/index_en.cfm

[2] DORA : San Francisco Declaration on Research Assessment.http://am.ascb.org/dora/

[3] http://ec.europa.eu/digital-agenda/news/revision-psi-directive

[4] http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriServ.do?uri=COM:2011:0877:FIN:EN:PDF

[5] http://eur-lex.europa.eu/LexUriServ/LexUriServ.do?uri=OJ:L:2012:299:0005:0012:EN:PDF

[6] Tengamos en cuenta, por ejemplo, la vida media de una página web que no va más allá de 44-75 días y, hoy día, puede considerarse como un contenedor receptor fundamental del conocimiento.

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