3. Los recursos públicos serán escasos y las bibliotecas deberán encontrar nuevas estrategias de ahorro y de financiación.

La crisis actual continuará influyendo en la actividad de las bibliotecas. Mientras que la crisis económica da un valor especial a servicios igualitarios como el de las bibliotecas públicas, el futuro de las mismas puede verse seriamente amenazado por los recortes presupuestarios, afectando en especial a los recursos humanos e informativos. Aún cuando esté formalmente terminada, la repercusión de la recuperación tardará más tiempo en llegar a las administraciones públicas en general y a las bibliotecarias en particular. No podemos esperar presupuestos expansivos en bastante tiempo. La crisis económica, en la práctica, no se habrá terminado. Habrá dejado a España relegada en una situación económica y política de menor importancia de la que creíamos podíamos tener en los últimos años. Ante esto, las entidades sociales y comunitarias como las bibliotecas serán más importantes que nunca para crear un país con bienestar material habitado por ciudadanos libres, solidarios y esforzados.

Lo digital a pesar de tener una dimensión aparentemente etérea está lejos de suponer un ahorro para las bibliotecas. Ya no sólo por los gastos que su propia gestión conlleva (servidores, almacenamiento, desarrollos, mantenimiento, comunicaciones, estrategias de vigilancia tecnológica y preservación…) sino porque no implican la eliminación de lo analógico, salvo en el caso de la adquisición de ciertas colecciones como las revistas científicas. Las misiones en el contexto digital tienen un crecimiento inversamente proporcional respecto a lo recursos humanos, materiales y, en definitiva, presupuestarios. Todo ello nos fuerza a reorientar los presupuestos hacia las necesidades de la presencia de las bibliotecas en el mundo digital y explorar vías alternativas de financiación.

En el contexto de la crisis económica, se ha ejercido una gran presión sobre el gasto en investigación y educación superior, repercutiendo en la limitación del acceso a fuentes de información de alto coste.  Esto ha reforzado políticas previas a las crisis, generadas por el desproporcionado incremento de los precios de estas fuentes científicas. Entre ellas encontramos el movimiento Open Access, pero también la compra consorciada. Tanto en las bibliotecas especializadas como en las universitarias y otros centros de investigación, el papel de los consorcios deberá reforzarse y replantearse.  Para ser más eficaces deberán superar su carácter local, asociándose en entidades mayores, incluso supranacionales. A estos consorcios se deberán unir bibliotecas y redes menores para poder acceder a unos recursos en caso contrario inalcanzables.

Parece necesario que las instituciones públicas busquen nuevas fuentes de recursos alternativas, aún en estado larvario en nuestras bibliotecas. Esto supone nuevos retos a los que las instituciones públicas no se habían enfrentado antes (o en menor medida que el sector privado). Debemos adquirir mayor experiencia y conocimiento en lo que a la captación de fondos se refiere (fundraising). Hemos de aproximarnos a esta circunstancia de forma creativa, y no asustarnos ante soluciones que no eran habituales previamente, como el micromecenazgo, los patrocinios, los acuerdos público-privados o la financiación social  (crowdfunding).  Podemos buscar alternativas en alianzas estratégicas basadas en leyes de mecenazgo u otras normativas incentivadoras, y deben dejar de suponer un reto en cuanto a cómo afrontarlos (no tanto el éxito de las maniobras en sí mismas, que ya dependen de factores específicos en  cada caso). Además, no debemos obviar otras nuevas fórmulas de colaboración con el ciudadano, en las que se combina la generación de contenido por parte del usuario y el crowdsourcing[1].

Sin olvidar nunca nuestra vocación pública y de servicio, debemos cada vez más incorporar conocimientos propios del marketing, siendo conscientes del valor de nuestra marca y siendo capaces de proponer y explorar modelos de negocio. Todo ello deberá combinarse con estructuras administrativas adecuadas que establezcan una relación directa entre capacidad de generación de recursos y reutilización/disfrute de los mismos; pero como decimos nunca perdiendo de vista el derecho de acceso a un Patrimonio que es de todos. En este sentido las bibliotecas pueden aprender y seguir el modelo de las instituciones museísticas que están más acostumbradas a este tipo de reflexión.

Todas las actuaciones deberán estar guiadas por criterios de sostenibilidad, por razones medioambientales y éticos, pero también porque los recursos disponibles serán de cualquier forma escasos.

Por ejemplo, las bibliotecas escolares, organizadas en micro-redes podrán ver facilitada una financiación  mixta, de forma que a los presupuestos ordinarios procedentes de la administración educativa se puedan sumar otras aportaciones de entidades privadas de la comunidad, AMPAS, administración local, instituciones de carácter cultural y otras.

También en estas circunstancias, las bibliotecas pueden adquirir un papel importante dentro de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC).  Este movimiento, nacido en la Administración Pública, ha vivido un mayor desarrollo en la empresa privada. Según él, las entidades, también las bibliotecas, realizan una serie de acciones que van más allá de lo que son sus obligaciones legales y sus funciones para generar beneficios para el conjunto de la sociedad. Son actuaciones en diversos ámbitos como el laboral, social, ambiental y económico.

Al implicarse de cerca en dichas actividades, el bibliotecario estará más cerca de los directivos y les podrá prestar apoyo en una acción que ellos consideran fundamental. La biblioteca se percibirá entonces como un elemento más valioso dentro de la organización. Un beneficio añadido de participar en las estrategias de RSC es que se adquieren nuevas capacidades y habilidades profesionales que resultan en un perfil profesional más adaptable (o más ágil). Por último, es papel habitual del bibliotecario especializado trabajar volcado a la comunidad a la que su institución sirve y eso es, precisamente, lo que hace el departamento de RSC. Incluso si aún no existe un programa de RSC en la organización, la propia biblioteca puede iniciarlo, en línea con la función social que comparten muchas de sus tipologías. Además de los beneficios ya enumerados, la RSC mejora la imagen y aporta elementos de satisfacción personal muy evidentes.

[1] Podemos tomar ejemplos como el de la British library en materia de georrefenciación http://www.bl.uk/maps/, o la Biblioteca Nacional de Finlandia (corrección correctiva de OCR) http://blog.microtask.com/2011/02/digitalkoot-crowdsourcing-finnish-cultural-heritage/

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